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Entrevista a Antonio Marfil PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Viernes, 31 de Octubre de 2008 09:58

 


El director del instituto Portada Alta de Málaga ha logrado aglutinar a la mayoría del profesorado en un proyecto innovador que ha reducido la conflictividad y ha mejorado los resultados. El centro, antes en declive, es hoy un modelo a seguir. Por Gabriela Cañas (El Pais Semanal, num. 1668)

Hay familias de la barriada mala­gueña de Portada Alta que de vez en cuando reciben un SMS del instituto de su hijo o hija informándoles de que ese día se ha portado especialmente bien. Hay familias en esa ba­rriada cuyos hijos, además de ir a clase, se han especializado en mediar, en resolver los conflictos de los demás e incluso en tutelar, casi adoptar, a un alumno más pequeño. Y hay familias que ven cómo su hijo adoles­cente, un mal estudiante de toda la vida, se esfuerza un poco para que, a cambio, empiece a aprender en el mismo instituto los primeros rudimentos de un oficio que, de paso, quizá resuelva su futuro.

Actualmente, el centro lo dirige Antonio Marfil junto a su equipo directivo. El año pa­sado, este malagueño orgulloso de que le llamen maestro tuvo el honor de recibir el primer Premio de Convivencia que otorga el Ministerio de Educación, "a pesar de no tener padrino alguno". Su aspecto responde al que uno espera de un profesor de instituto: vaque­ros, sandalias, camisa a cuadros, una avan­zada calvicie y una barba rala y canosa, a pesar de la cual conserva un cierto aire juvenil, como si el contacto diario con los "niños" (así los llama él, aunque superen los quince años) le mantuviera a salvo del paso del tiempo.

Los azulejos con arabescos recubren las paredes del instituto Portada Alta, en las que predomina el color verde. Las salas de profe­sores o los despachos del equipo directivo están pintados de verde, amueblados pobre­mente con mesas y sillas dispares y baratas. Toda la decoración de este centro resultaría, en fin, deprimente si no fuera por la gente que lo habita. La vicedirectora, Victoria Toscano, y la tutora de convi­vencia, Asun Lucio, entre otros miem­bros del equipo, an­dan entusiasmadas encargando las cortinas nuevas. "¡Por fin las vamos a cambiar, des­pués de 20 años!".

En una pared del despacho que compar­ten Antonio Marfil y Victoria Toscano hay un cartel de grandes letras: "Es muy agradable ser importante". Bajo tal leyenda aparece una foto del propio Marfil recibiendo el premio de manos de la ministra de Educación, Mercedes Cabrera. Y a continuación otro lema: "Pero es mucho más importante ser agradable". El de este equipo no parece ser sólo un proyecto educativo; más parece un proyecto de vida.


¿Cuándo y por qué pusieron ustedes en mar­cha el proyecto de convivencia en este instituto?
Fue hace unos ocho años, cuando una compañera se levantó en un claustro, se echó a llorar y nos dijo: "Yo no sé vosotros, pero yo así no puedo seguir". Tuvo el valor de decir lo que le estaba pasando; que se iba a casa con un pellizco en el estómago y que cuando se levantaba decía: 'Bufff, tengo que ir al ins­tituto'. Fue capaz de plantear algo que ya habíamos notado. La respuesta que estába­mos dando a la problemática nueva no tema nada que ver con las posibles soluciones.

¿Cuál era esa nueva problemática?
Con la aplicación de la LOGSEy la enseñanza obliga­toria hasta los 16 años, en el instituto conver­gen los que estaban motivados para estudiar el bachillerato, los que optaban por la forma­ción profesional y los que ni siquiera tenían nivel para aprobar la secundaria. Por eso empezamos a tener más problemas que antes, y cuando hay uno, dos o tres al día, los puede resolver un jefe de estudios, pero cuando empiezas a tener 30, la jefatura revienta.

Y decía que fue a raíz de aquella explosión de una profesora del instituto...

Claro, porque aquello nos sirvió para que fuéramos capaces de verbalizar lo que nos estaba ocurriendo: un fracaso permanente, expulsiones sistemá­ticas, incomodidad... Constituimos un grupo de trabajo y lo primero que hicimos fue anali­zar cómo viene nuestro alumnado. Empeza­mos a estudiar el barrio. Por ejemplo, nos en­fadábamos porque los alumnos saltaban la tapia y se pom'an a jugar en el patio por las tar­des. Nunca se nos había ocurrido pensar que saltaban porque en el barrio no había un solo espacio donde jugar al fútbol. Empezamos a conocer los problemas de hacinamiento, de drogodependencia... Empezamos a conocer la realidad. Y formamos el grupo de trabajo.

Antes de entrar en el detalle del grupo de tra­bajo, dígame: ¿qué hicieron con los chavales que saltaban la tapia?
Una de las primeras cosas que hicimos al iniciar el plan de convi­vencia fue meternos en el plan de apertura de la Junta de Andalucía, que consiste en dejar abierto el instituto desde las ocho de la mañana hasta las ocho de tarde, con una pausa de una hora para comer. Así que ya no había que saltarla. Y estamos en otro pro­grama de la Junta que organiza competicio­nes. Ahora queremos que las organicen tam­bién para los extraescolares, los de 17 o 18 años que ya no están con nosotros.

¿Cuántos profesores montaron ese primer grupo de trabajo?
Empezamos poco más de 20 y ahora somos más de 40 de un claustro de profesores de 60 personas. Empezamos a recibir asesoramiento externo del Plan Cul­tura de la Paz de la Junta. Elaboramos un plan de compensación educativa. Nuestro pro­yecto tiene dos pilares. Por un lado, hacer frente a los problemas y los conflictos (el plan de convivencia), pero, por otro, atender curricularmente al alumnado, al que va bien, pero también al que yo llamo el no-me-rayes [Anto­nio Marfil imita aquí la respuesta tipo del niño que arrastra las palabras con desgana].

¿Con qué ayuda han contado?
Decidimos dar la bienvenida a toda institución dis­puesta a aportar algo. Si el Ayuntamiento convoca algo, también lo aprovechamos.

¿Convocatorias de qué tipo?
De cursos, de subvenciones. Por ejemplo, este año hemos tenido hasta nueve educadores sociales de tercero de carrera. ¿Cómo lo hemos logrado? Yendo a la universidad y ofertándonos como centro en prácticas para que los estudiantes de Educación Social puedan hacer sus prác­ticas. Ahora está muy bien visto hacer las prácticas de esa carrera en el instituto Por­tada Alta. Algunos son antiguos alumnos.

Cuando empezaron ustedes a incorporar prácticas tan distintas y novedosas, ¿qué reacción obtuvieron de los padres y alum­nos?
Los alumnos mostraron desde el primer momento una gran colaboración. Tenemos como 100 alumnos de un total de 300 en secundaria que tienen algo que ver con el programa de mediación. Seleccionamos a los mediadores en los primeros cursos de la ESO entre los que notamos una sensibilidad espe­cial por ayudar a los demás. Es gente que a lo mejor no es muy brillante escolarmente (mediación no es sinónimo de excelencia educativa), pero que da muy buen resultado. Les enseñamos a solucionar conflictos y enseguida empiezan a colaborar y te dicen que hay un compañero que está triste. En segundo y tercero, tras la formación que les damos, los examinamos y los nombramos mediadores de aula. Y entonces empiezan a solventar conflictos. A cambio, claro, tene­mos que aceptar la solución que planteen, salvo para casos graves que requieran otro tipo de intervención. Cuando pasan a cuarto o a bachillerato y ya han crecido mucho, no pueden ser mediadores entre iguales, porque ya los más chicos los llaman maestros. Enton­ces hacen tutorías personales, lo que signi­fica que les buscamos un alumno con pro­blemas para que charlen con él y le ayuden a resolver su vida personal o académica.

Supongo que no todos los profesores estarán contentos de implicarse tanto en el trabajo.
Una de las cosas que he aprendido es que hay que intentar que cada uno aporte aquello en lo que se sienta cómodo. Hay un compañero que se ha jubilado este año que no entendía determinadas cosas, pero le encantaba traba­jar en la biblioteca y fichar libros. Ha dedi­cado muchas horas de su üempo libre a eso.

Así que incluso aquellos que no entienden el proyecto dedican su tiempo libre a él.
Mire, si la educación es general y atiende a la diversi­dad, no es porque lo diga la ley. Es así porque hay detrás un puñado de hombres y mujeres que viven de su trabajo en la enseñanza, que se lo creen y que apuestan por esos valores. Esto no es un trabajo técnico y mecánico. Esto significa echar horas. Nosotros entramos a las ocho de la mañana y nos vamos a las tres y volvemos dos o tres tardes. Exige horas de dedicación: no tenemos una varita mágica.

Pero supongo que no todos los profesores están dispuestos a trabajar tantas horas.
No, pero de 60 funcionarios somos más de 40 en el grupo de trabajo adscritos de forma voluntaria. El resto, ni impide nuestros pro­yectos ni pone zancadillas. Además tenemos un truco: cuando vienen los nuevos en sep­tiembre, les organizamos una jornada de aco­gida. Les damos una charla, les enseñamos el centro, los acogemos afectivamente (noso­tros abrazamos mucho) y les invitamos a for­mar parte del grupo. Pues bien, la inmensa mayoría de los nuevos se meten en él.

¿Por qué suelen generarse las broncas en un instituto?
Por lo mismo de siempre: que si me han dicho que tú has dicho... Que me han contado que tú has comentado que yo soy una guarra, que si te has tirado a mi novio... El qué dirán. La habladuría. El bulo. El rumor. En este terreno, el mundo ha avanzado poco.

¿Cuál es el perfil del alumno mediador?
La gente de mediación refleja perfectamente la variedad de nuestro alumnado. Tenemos desde gente de compensatoria (que llega al instituto con más de dos años de desfase) hasta gente brillantísima que termina con premio extraordinario de bachillerato. Chi­cos, chicas, góticos y frikies...

¿Hay gitanos e inmigrantes entre los mediadores?
Por supuesto.

¿Qué hacen ustedes con los alumnos impo­sibles, con los ingo­bernables?
Cuando nada nos funciona, desgraciadamente, tenemos que recu­rrir a la expulsión, pero tenemos mu­chos sistemas antes de eso. Los hay que se quedan un rato del recreo reflexionando. O los que vienen por la tarde a los talleres de sanción reparadora, para arreglar algo si lo han roto. Hay un aula de trabajo, muy con­trolada, con un máximo de seis niños, donde un profesor los pone a trabajar.

¿Expulsan a tantos alumnos como antes?
No, muchos menos. Expulsiones gordas (de una semana, de quince días) tenemos pocas. De un par de días son más habituales.

¿Han conseguido ustedes elevar el éxito escolar?
Medianamente. En eso tenemos que seguir trabajando. Creo que hemos dedicado un gran esfuerzo a la convivencia. No hemos logrado una balsa de aceite, pero sí lo hemos organizado, lo que da sensación de seguridad al profesorado. Nuestro gran reto es conseguir el mismo nivel de excelencia en lo curricular.

Pero tenía entendido que ahí también han conseguido ustedes un cierto éxito.
Estamos avanzando, pero poco. Ahí es donde tene­mos que seguir trabajando. Ser un centro de compensación nos permite tener un profe­sorado extra.

¿Cómo se consigue que un mal alumno no sea una remora para los demás?
Para modi­ficar tu conducta tienes que tener elementos de referencia. Si tus referencias son malas, nunca vas a avanzar. El mejor referente es siempre un compañero tuyo. Como profe­sor, yo diría muy cbloquialmente que debes echarle de comer a cada uno lo que necesite. Es bueno que el que se conforma con menos vea al que come mejor para que comprenda que hay otras posibilidades, para que le sirva de estímulo. Si no hay elementos de referen­cia, no puedes modificar su conducta. Por eso tenemos grupos heterogéneos. Estamos organizando ahora los del próximo curso. Y si tenemos cinco matrículas de honor, pone­mos a una en cada grupo.

¿Entonces, de la misma manera, hay que puntuarles como en el golf, adjudicar un 'handicap' a cada uno?
Más que handicap, que es una palabra peyorativa, yo diría que cada uno tiene sus posibilidades y sus poten­cialidades, y mi trabajo consiste en desarro­llar cada una al máximo, entendiendo que el máximo de uno a lo mejor es un poquito más bajo que el mínimo de otro.

Y que un seis no siempre es equivalente a otro seis.
Claro. En la evaluación, si realmente fué­ramos rigurosos, tendríamos que fijamos más en el proceso y no tanto en el producto. Hay quien no estudia nada y ha hecho un examen de puta chorra y le han puesto un cinco y es feliz. O quien dice: "He trabajado mucho, me han puesto un cuatro y soy un desgraciado". Somos incapaces de valorar todo el trabajo. Al evaluar a un chico hay que tener en cuenta de dónde sale. El que puede y sólo saca un cinco, está desperdiciando su potencial.

Leí que en su programa de trabajo se in­cluían llamadas a las familias cuando sus hijos van bien. ¿Lo siguen haciendo?
Sí, siempre. Tenemos un dispositivo que coloquialmente llamamos tamagochi, en el que cada profesor hace anotaciones sobre cada alumno que entran después en un programa de ordenador. Las familias, a través de un código, pueden acceder a la página de su niño y ver diariamente esas anotaciones. Ese programa nos permite enviar SMS. Con el dinerillo de compensatoria compramos los SMS por miles y cada día a partir de las tres enviamos 100,150,200 SMS a familias selec­cionadas. Hemos aprendido que no sólo hay que informar cuando hay problemas.

En España tenemos el problema de las mate­máticas y la lengua. El 23% de los alumnos no logra conocimientos mínimos en estas materias, según los estudios disponibles. ¿Qué hacen ustedes en el instituto a este res­pecto?
Intentamos que los alumnos estén en enseñanzas y grupos adecuados a sus posi­bilidades. Hacemos una evaluación inicial, de competencia, para saber qué es lo que sabe hacer el niño, y en razón de eso trabaja­mos con grupos flexibles para que cada uno esté en el nivel más accesible y pueda seguir avanzando. Para el año que viene planeamos que todos los alumnos lleven en su mochila un libro, de manera que en cada momento en que no estén atendidos por el profesor titular puedan trabajar la lectura. O acaban leyendo o morimos en el empeño.

¿Hay medios suficientes? ¿Ordenadores sufi­cientes, por ejemplo?
Tenemos lo que quera­mos. Últimamente, creo que en España se está apostando por la educación. Otra cosa es que se logre hacerlo bien. Nuestro problema no es de medios, sino de motivación. Tene­mos aulas de informática en las que tienes que vigilar porque tecleas realmadrid.com y te aparece un pene gigante.

Decía una directora de instituto en un periódico: "Con los medios que tenemos no podemos atender a los alumnos de forma individualizada".
Siempre se puede pedir más, pero nosotros estamos bien de recursos. Tenemos una ratio de 25 alumnos por clase o menos. El problema es que, ade­más, hay que tener voluntad. Los profesores tienen que hacer un esfuerzo para que su dis­curso conecte con cada uno de los niños. Hay que entender cuál es la motivación del chaval, sus intereses y su nivel de competencia. Eso requiere un esfuerzo grande por nuestra parte. No todo es cuestión de recursos.

Pero para conseguir eso hay que empezar por uno mismo, que el profesor esté real­mente motivado.
Bueno, tiene que gustarte lo que haces y saber que en esta profesión no te puedes dejar el trabajo en la oficina. Ser maes­tro es ayudar a la construcción de una per­sona, y eso no se hace de ocho a una. Eres docente las 24 horas del día todo el año. ¿Es el sueldo suficiente? Todos queremos más, pero, mire, yo gano 2.400 euros al mes y hay mucha gente que trabaja más y gana menos.

¿Tienen ustedes oportunidades de rec¡clarse, de viajar, de acceder a la formación perma­nente?
Sí. Tanto el ministerio como las comunidades tienen programas-convenio a nivel europeo, y hay intercambios de alum­nos y profesores. Hay muchas fórmulas. Yo no lo he aprovechado mucho como docente porque tengo el déficit del idioma propio de mi generación. Por España he viajado mu­chísimo y hemos tenido muchas visitas.

¿Cuáles son las medidas que mejor resultado han dado y cuáles las que han cosechado el más estrepitoso fracaso?
Todas han sufrido miles de cambios porque estamos dispuestos a reconocer los errores, pero el mayor fracaso lo sientes cuando no consigues nada. No es tanto que no logre el título. Los hay que no lo consiguen, pero vienen a visitarte un año des­pués y están trabajando o te saludan por la calle y te llaman maestro. El fracaso es cuando un alumno te mira esquinado, cuando no has conseguido establecer una empatia.

Hay muchos alumnos inmigrantes. ¿Tienen problemas añadidos por eso?
Tienen los mismos problemas que los demás.

¿No hay problemas, por ejemplo, con el idioma?
Tenemos alumnos de 25 países, pero la inmensa mayoría proviene de países suramericanos, así que no hay problemas de idioma. Y además tengo la impresión de que ellos van un paso por detrás. Para esas fami­lias, la educación es importante. Se corres­ponden más con la imagen que yo tengo de mi madre, que creía que la palabra del maes­tro era santa. Para los que tienen problemas con el lenguaje utilizamos las aulas de transi­ción de apoyo lingüístico (ATAL) existentes en Andalucía, aunque al segundo día se en­tienden perfectamente bien en el patio.

Asi que no le veo muy favorable al proyecto catalán de crear centros especiales de acogi­miento antes de incorporarse al sistema edu­cativo.
La gente se socializa en el juego. La gente aprende de los iguales.

¿Es un valor añadido tener en clase a inmi­grantes, gitanos y niños procedentes de todas las capas sociales?
Yo soy un enamorado de la escuela pública. La gente tiene que edu­carse en la diversidad porque el mundo es diverso. Es lo que enriquece a la persona, y la diversidad está en la escuela pública, una gran ventaja frente a la privada, que selec­ciona y discrimina. Hace dos años, una alumna nuestra de cuarto de la ESO habló con total desparpajo ante 2.000 personas: estuvo en el Senado, fue tutora personal de una niña y en el futuro será una eminencia. Todo esto es lo que ha enriquecido a Lorena, a José Carlos, a Alberto. Son gente de bien, que en la universidad obtendrán el premio extraordinario de fin de carrera. Este mismo año nos ha Llegado una profesora que fue alumna nuestra y que aprendió muchísimo conviviendo aquí con los demás.

Hay quien se queja de la falta de movilidad de los profesores, pero me da la impresión de que usted valora mucho esta posibilidad de seguir incluso la trayectoria de sus ex alum­nos.
Yo podría presentarme a un concurso de traslado cuando quisiera, pero lo que yo quiero es contribuir a hacer buena gente. No creo que la solución la tengan los imbéciles estos del G-8 que se reúnen a comer caviar. El mundo lo soluciona el día a día de la gente. Me gustaría pensar que he ayudado a cons­truir gente que sea buena en el sentido machadiano. Que la gente venga tres años des­pués y te cuente y te salude por la calle... Es gente que viene al cabo de los años y dice que es policía o bombero y se prestan a venir a dar una charla, a ayudar.